Centro Integral Aetherea

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01/10/2026

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Durante unos 21 años, Mary Papanicolaou permitió que su esposo tomara muestras de sus células casi todos los días.

Fueron alrededor de 7.600 pruebas.

Aquella rutina, repetida durante más de dos décadas, terminaría formando parte del camino hacia uno de los métodos de detección de cáncer más importantes de la medicina moderna.

Su esposo era Georgios Papanicolaou.

Había nacido en 1883 en Kymi, en la isla griega de Eubea, y se graduó en Medicina en Atenas en 1904. Después de servir como cirujano auxiliar en el ejército, regresó durante un tiempo a su región natal y atendió a pacientes con lepra. Pero la práctica clínica no era lo que realmente lo atraía. Quería investigar, y esa decisión terminó llevándolo hasta la Universidad de Múnich, donde obtuvo un doctorado en zoología en 1910.

Para entonces ya había conocido a Andromachi Mavrogeni, a quien más tarde llamarían Mary en Estados Unidos. Se casaron en 1910 y tres años después tomaron una decisión arriesgada: abandonar Grecia y empezar de nuevo en Nueva York.

Llegaron en octubre de 1913 con poco más de 250 dólares y apenas hablaban inglés.

Los primeros meses estuvieron muy lejos de cualquier laboratorio prestigioso. Mary consiguió trabajo como costurera. Georgios probó brevemente como vendedor de alfombras, trabajó en un periódico griego y llegó a tocar el violín en un restaurante para ganar dinero. En 1914 consiguió finalmente una plaza de investigación en Cornell University Medical College. Mary acabaría trabajando también a su lado como técnica y colaboradora.

Allí comenzó todo con cobayas.

Papanicolaou investigaba los ciclos reproductivos de estos animales cuando descubrió que podía seguir sus cambios hormonales examinando al microscopio células obtenidas de secreciones vaginales. Si las células cambiaban de forma dependiendo del momento del ciclo, pensó, quizá algo parecido podría observarse en seres humanos.

La primera persona que estuvo disponible para comprobarlo vivía con él.

Mary.

Comenzó a proporcionarle muestras regularmente y terminó haciéndolo prácticamente a diario durante unos 21 años. Mientras Papanicolaou observaba aquellas células una y otra vez, aprendió a distinguir los cambios normales producidos durante el ciclo reproductivo, el embarazo y, más adelante, la menopausia.

En 1925 amplió el estudio a otras mujeres vinculadas al Woman's Hospital de Nueva York. Examinó personal del hospital, pacientes embarazadas, mujeres sometidas a cirugía y casos con diferentes enfermedades ginecológicas.

Entonces apareció algo que no estaba buscando originalmente.

En algunas muestras observó células radicalmente diferentes de las normales: grandes, deformadas, con núcleos anormales.

Eran células cancerosas.

Papanicolaou recordaría aquel momento como una de las mayores emociones de su carrera científica.

En 1928 presentó públicamente la posibilidad de detectar cáncer mediante el examen microscópico de un simple frotis. La idea recibió poca atención. La medicina de la época confiaba mucho más en procedimientos como la biopsia y muchos especialistas no estaban convencidos de que unas células recogidas de esta manera pudieran revelar un cáncer antes de que fuera clínicamente evidente.

Además, Papanicolaou no había sido el único en explorar ese camino. El médico rumano Aurel Babeș había publicado en 1927 un método diferente basado también en células cervicales. La historia del diagnóstico citológico del cáncer fue, por tanto, más amplia que la obra de un solo investigador.

Papanicolaou, sin embargo, continuó.

Una década después comenzó a trabajar estrechamente con el ginecólogo Herbert Traut. Juntos estudiaron a miles de mujeres y comprobaron que los cambios celulares podían revelar cánceres todavía demasiado pequeños para producir síntomas evidentes. En 1943 publicaron Diagnosis of Uterine Cancer by the Vaginal Smear, la obra que ayudó a convertir aquella técnica en una herramienta clínica.

Con el tiempo, el procedimiento se simplificó y se extendió por hospitales y consultas de todo el mundo.

Terminó siendo conocido por una abreviatura del apellido de aquel médico griego:

Pap.

La prueba de Papanicolaou permitió detectar lesiones precancerosas y cáncer cervical cuando todavía podían tratarse con mucha mayor eficacia. Con la expansión de los programas de cribado, la mortalidad por cáncer de cuello uterino cayó drásticamente en los países donde el examen se hizo accesible.

Pero detrás del nombre que quedó unido a la prueba hubo otra persona que nunca apareció en su denominación.

Mary trabajó durante décadas en el laboratorio, organizó buena parte de la vida que permitía a Georgios dedicar jornadas interminables a la investigación y se convirtió ella misma en su sujeto experimental más constante.

Papanicolaou llegó a presentarla con humor como “mi esposa y mi víctima”.

Cuando murió en 1962, el método que llevaba su nombre ya estaba transformando la detección del cáncer.

Mary viviría veinte años más.

Y durante buena parte de su vida llevó en su propio cuerpo una rutina científica extraordinariamente sencilla: dejar unas pocas células sobre un portaobjetos para que su esposo pudiera mirarlas al microscopio.

Lo hizo unas 7.600 veces.

De aquella repetición casi invisible terminó surgiendo una prueba que ayudaría a salvar millones de vidas.

01/10/2026

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